Problemas cotidianos. Soluciones simples.

Ser ama de casa implica un reto de naturaleza diversa…

10 formas en las que ser madre me ha convertido en una mejor persona (PARTE 2)

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NOTA: Vea la parte 1 de este artículo, haciendo clic aquí.

Atención a los detalles mínimos. Observación consciente.

Se dice que los pediatras y veterinarios tienen algo en común: deben atender a sus pacientes y diagnosticarlos apropiadamente, a partir de una intensa y concienzuda observación, ya que los niños, especialmente los más pequeños, y los animales no son capaces de decir con palabras cuáles son sus malestares y síntomas, de ahí que el médico debe desarrollar un instinto que le guíe para poder tratar a su paciente con eficacia.

Yo digo que las mamás (y los buenos papás modernos e involucrados con la crianza de los hijos, claro está) también aprendemos este tipo de habilidad para saber a ciegas, sin mayor información que nuestro monitoreo consciente de nuestros hijos, cuándo es necesaria nuestra intervención y cuándo no. ¿Usted qué opina?

Al respecto le refiero un par de anécdotas.

Tengo unos amigos, padres de una niña con edad similar a la de mi hijo Alonso. Ella, la madre, trabajaba cuatro noches a la semana en una empresa de desarrollo tecnológico. El padre trabajaba en una oficina de gobierno durante el día. Por lo general entonces, la niña estaba con uno sólo de sus padres a la vez. Una vez, por casualidad coincidí con mi amiga en el transporte de regreso a casa. Ella, con una sonrisa divertida, me mostró un mensaje de texto que el esposo le había enviado a su celular: “Mi amor: creo que Anita está resfriada, y tal vez va a necesitar que la llevemos al médico. Te espero en casa, para que hagas la confirmación de mi diagnóstico.” Naturalmente, le pregunté a mi amiga porqué su esposo no llevaba a la niña al médico él mismo, ya que siempre lo había considerado un padre muy capaz. Ella me explicó que su esposo, después de dos visitas al doctor que al final resultaron innecesarias, había tomado la determinación de dejar en manos suyas la última palabra.

Otra amiga, quien fuera colega de mi esposo en la Universidad, tenía una hija de siete años  y nos visitó acompañada de ella algunas veces, tiempo antes de que me embarazara. Una vez la llevamos juntas a jugar a un parque cercano, y nos sentamos en una banca, dejándola a ella jugar a sus anchas en el “play ground” a espaldas nuestras. La niña se cayó una vez, y lloró a nuestras espaldas, pero Sandra continuó absorta en su lectura. Simplemente le dijo, sin apartar la vista de su libro: “¡Levántate, querida!” Minutos más tarde, la niña tuvo un nuevo accidente. Esta vez, me sorprendió mucho cómo el llanto de la niña, sin más, hizo a Sandra levantarse bruscamente de la banca donde nos encontrábamos y abandonar el libro, para correr en busca de su hija: la niña se había cortado su dedo con un pedazo de vidrio que encontró en el suelo. Aquella vez me pregunté cómo lo había adivinado, ya que la niña ni siquiera la llamó en esta segunda ocasión. Después de tener a Alonso, lo comprendí…

¿Cómo sabe una madre si su hijo está bien o mal? ¿Cómo distingue si el llanto se debe a un pañal sucio o al hambre, y cuándo a una enfermedad, con sólo el llanto? ¿Cómo percibe una madre cuando su hijo o hija está saliendo con los amigos equivocados?

La única respuesta es este instinto, que se vale de una observación conciente y constante, para percibir los cambios más mínimos en el rostro, la voz o la rutina de los hijos. Y este tipo de instinto, es algo que luego una mujer puede, muy bien, usar a su favor en otros aspectos de su vida, desde escoger fruta en el supermercado hasta tomar decisiones en su vida laboral o de pareja.

Cuando están enfermos

Hablando de nuevo sobre las enfermedades de los niños, puedo decir que como mamás desarrollamos “nervios de acero” para atender toda clase de situaciones inimaginadas, sin entrar en pánico. No digo que no nos asustemos. Sino que, por debajo de ese temor que genera la enfermedad o un accidente sufrido por nuestros hijos, nuestro cerebro sigue funcionando al menos lo suficiente para hacer lo que toca en determinadas situaciones, llamar a emergencias, poner agua fría en una quemadura, etc.

Sorprenderse con los pequeños cambios.

Igualmente. esa capacidad de observación que desarrollamos como mamás, mientras nos mantiene saludablemente alerta para las cosas que son motivo suficiente de preocupación, nos regala una capacidad de asombro que muchas tenemos perdida a la edad adulta. Y esta capacidad de asombro que se redescubre, nos hace ver la vida en general con otros ojos, disfrutar de nuevo las cosas más simples de la vida cotidiana junto a nuestros hijos que observan por primera vez la lluvia, una mariposa o una flor que se abre.

Valorar las “funciones básicas” de nuestro cuerpo

Como mujeres, muchas veces renegamos de la forma en que nuestro cuerpo funciona.

Siendo todavía unas niñas, tenemos por primera vez nuestra menstruación, y eso nos catapulta a una serie de complicaciones, dolores y cambios no siempre placenteros. Mes a mes. Todos los meses sin fallar.

Ya como adultas, lo aceptamos como un “mal necesario”, aprendemos a vivir con ello y a esperar lo inesperado como si fuera cosa de todos los días, ya sin alteraciones de ánimo ni sustos.

Pero la maternidad, sin duda, es un momento de reconciliación con nuestro cuerpo. La mujer que ha tenido un parto al menos, aprende que su cuerpo es sabio para pedir lo que necesita cuando lo necesita, y poderoso para hacer esfuerzos no contemplados en pos de preservar la vida de su bebé y traerlo al mundo. Cuando se hace sin medicamentos para el dolor, el parto es el dolor más intenso sentido por una mujer, desde ningún punto de vista comparable con una inocente menstruación dolorosa. Y sin embargo, muchas de nosotras salimos adelante en esta tarea con cuerpo “común y corriente”, el mismo que a veces parecía que no podía más con las bolsas del supermercado o las abdominales en el gimnasio.

Esta experiencia, casi siempre, “reinicia” nuestro cerebro, y nos hace ver todas aquellas cosas simples y molestas que nuestro cuerpo parecía hacer hasta ese momento, como verdaderos prodigios. Desde amamantar hasta comer sin sentir náuseas, pasando por esas primeras veces que se pueden tener relaciones sexuales nuevamente, sin la enorme barriga. Para dejar bien claro el cambio que se opera en nuestro análisis de nuestro cuerpo, no conozco una mujer con un niño de brazos, que no estuviera agradecida de ver llegar su menstruación mes a mes, siendo ésta una grandiosa señal de que no había un nuevo embarazo para ella por el momento.   😀

Valoración y aprovechamiento del tiempo de trabajo

Los niños más pequeños consumen tanto tiempo a sus madres, que en ocasiones una no encuentra tiempo suficiente para su cuidado personal, la atención que normalmente se hace de la casa, etc. ¡Ni qué decir del tiempo para trabajar!

Conozco mujeres que, luego de tener un hijo, se dedican a trabajar en casa por algún tiempo, para poder permanecer más tiempo con sus bebés. Y, en estas circunstancias, el tiempo de trabajo verdaderamente se vuelve como el oro.

De cualquier manera, sea que estudiemos, trabajemos o nos dediquemos a ser “solamente” amas de casa, el tiempo que conseguimos extraerle al día para trabajar en lo propio se torna valiosísimo, y en tal circunstancia, las mujeres madres nos la vivimos ingeniando para que cada minuto se invierta de la mejor manera posible.

Aceptar ayuda de otros

Como mujeres profesionales, y con los cambios actuales del mundo en general, la individualidad es reina. Pagamos nuestras propias cosas, queremos tener nuestro propio auto, propia casa, propia empresa, que nadie nos diga qué hacer o cómo hacerlo. ¿O no?

Pero cuando tenemos un hijo, nos vemos de pronto en una condición frágil, a veces con nuestro cuerpo muy cansado y lastimado luego del parto y durante el período de lactancia. Nos agotamos fácilmente, ir al supermercado igual que antes se vuelve toda una odisea, subir a un autobús es misión imposible con un niño en brazos y un bolso lleno a reventar de pañales y ropa de bebé.

Entonces, contra todo pronóstico, la respuesta parece un retroceso en el crecimiento personal que aparentemente habíamos tenido en la vida: pedir ayuda.

Sin embargo, toda mamá sabe que dejarse ayudar, con sencillez y humildad, es en primer lugar necesario, y en segundo, otro modo de crecer como persona. Una mujer que debe dejarse ayudar, descubre tres cosas importantes:

1) Recibir ayuda no le hace menos capaz ni autónoma, ya que la maternidad es un proceso en el que hay que respetar etapas, y la ayuda inicial para adaptarnos a nuestro hijo es una de esas etapas.

2) Las personas que quieren ayudar, normalmente son también familiares, madre, hermanos, etc. Dejarse ayudar es una forma de compartir al nuevo miembro de la familia con las personas que uno quiere.

3) Permitir a otros que le ayuden, le hace a la vez más conciente de las necesidades de otros. Una persona que sabe recibir ayuda con humildad cuando realmente la necesita, y la recibe de alguien que la ofrece de corazón, también a la larga será mejor ayudante para un anciano, enfermo, u otra mujer embarazada o con un recién nacido.

¡¡¡¡¡¡¡¡Vivan las mamás!!!!!

Y feliz día para todas las que tienen esa dicha, privilegio y responsabilidad.

¿Y usted?

Cuénteme de qué maneras considera que ser madre la ha convertido en mejor persona. Yo personalmente le respondo a sus comentarios…

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