Problemas cotidianos. Soluciones simples.

Ser ama de casa implica un reto de naturaleza diversa…

La “Ley de los Mínimos”

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Este blog está dedicado a las amas de casa.

Por ello, me resulta importante dejar clara una cosa: hasta el día de hoy, NO SOY UNA “AMA DE CASA PERFECTA”. Nunca lo he sido. No aspiro a serlo. Y, probablemente nunca lo seré. No me interesa hacerles creer que lo soy, ni tampoco ofrezco en el blog las herramientas para serlo.

Por esa misma razón, en diversas oportunidades, he hablado acerca de dar lo mejor de una misma, sin que eso se convierta en obsesión.

Pero, ¿cómo consigue una ama de casa dar “lo mejor de sí” sin llegar a límites obsesivos? ¿Cómo podemos dar lo mejor de nosotras mismas, teniendo tanto trabajo en casa?

Para disfrutar más el trabajo que hacemos en casa, crecer como personas, y no “perdernos a nosotras mismas” en el intento de mantener la casa en condiciones habitables, mi filosofía es aplicar algo que he dado en llamar la “Ley de los Mínimos”, y cuya explicación intentaré compartirles hoy, por si les resultara de provecho.

Esta “Ley” parte de un principio básico: no tod@s podemos ser buen@s para todo, pero sin duda, tod@s somos buen@s para algo.

¿Cómo aplicamos este principio en casa?

Imagine uno de sus días normales. Pruebe hacer una lista de las tareas que desempeña en uno de esos días. Ahora pregúntese: ¿cuáles de esas tareas no le gustan en absoluto? ¿Cuáles representan cosas que usted hace porque no tiene quién más las haga, y termina realizando, aunque no le queden del todo bien?

Reservemos la lista para luego…

Nuestra sociedad nos ha “entrenado” (tanto a hombres como a mujeres) para tener dos ideas equivocadas acerca del trabajo doméstico: 1) el trabajo de casa es tan fácil, que cualquiera puede hacerlo; y 2) por el simple hecho de ser mujeres, debemos saber hacer “bien” o “muy bien” ese trabajo.

Resulta que estas dos ideas, lo único que consiguen es traernos frustraciones a tod@s. Y, a las amas de casa en particular, hacernos sentir menos, porque no conseguimos alcanzar ese estándar de perfección en todas las áreas que implica el trabajo doméstico.

¿No me cree?

Si usted piensa en un contador o contadora, lo que espera es que sepa de contabilidad, ¿cierto? Puede no saber de cualquier cosa, PEROOOO si no sabe de contabilidad, hasta se convierte en la burla de los colegas.

Igual si una persona se dedica a la danza, al teatro, la informática… El hecho de ser una persona profesional, le da a la gente la maravillosa posibilidad de ser ignorante en cualquier otra área.

Pero, ¿qué pasa con una ama de casa? ¡Aquí la cosa cambia! Si se trata de trabajo doméstico, hay que ser expertas en limpieza, saber todo sobre el desmanchado, grandes cocineras, eruditas de la organización del tiempo y las finanzas, tener talento para niñeras, saberlas de enfermeras, alcances de sicólogas…

¡¡¡¡Aquí es donde entra la “Ley de los Mínimos”!!!!!

Consiste esta “Ley”, entonces, en atender todo el trabajo de la casa, PERO aplicando diversas cantidades de esfuerzo a las tareas.

¿Con qué criterio distribuimos nuestras energías y nuestro tiempo, según esta “Ley”?

La idea será aplicarnos y perfeccionarnos más en lo que somos buenas y nos gusta, e invertir menos tiempo y recursos en aquello en lo que no somos buenas o simplemente detestamos.

No se trata aquí, por lo tanto, de dejar el baño sucio, por ejemplo. Se trata de limpiarlo en forma apenas “aceptable”. Y no auto-recriminarnos por no ser expertas de la limpieza sanitaria (que nos han hecho creer que podemos y debemos ser). No lo dejamos sucio, pero le damos nuestro mínimo esfuerzo, porque hemos decidido que otros asuntos lo merecen más. ¡Y, en lo que sí somos excelentes y nos gusta, esforzarnos mucho  y dar lo mejor!

Como ven, es más difícil de explicar que de hacer. ¡Enhorabuena!

Entonces, ahora sí: retome la lista que hizo antes. ¿A cuáles de esas tareas está dispuesta a darles “mucho”? ¿A cuáles les entregará su “mínimo”?

Hacer lo que nos gusta

¿Para qué sirve la “Ley”?

Aplicando este principio, obtenemos al menos dos beneficios:

  • Si ofrecemos MENOS tiempo y energías a las cosas que NO nos gusta hacer (y que, por tanto, nos desgastan el ánimo), nos quedará MUCHO más tiempo para hacer lo que SÍ nos gusta, y esto tendrá un efecto positivo directo en nuestro ánimo y nuestra forma de enfrentar la cotidianidad.
  • Recorreremos un camino de autoconocimiento y reflexión, en el que comenzaremos a sentir otra vez correr la vida por nuestro cuerpo. El hecho de dejar de enfocar nuestro concepto personal en esas tareas odiosas, como si el no saber hacerlas o no gustar de ellas nos hiciera menos valios@s, nos dará las herramientas para comprendernos y aceptarnos mejor a nosotr@s mism@s, y nos permitirá subrayar aún más nuestros verdaderos talentos.

Usando esta sencilla “Ley”, dejaremos de hacer las cosas cotidianas de esa forma mecánica en la que a veces caemos, y que tanto daña nuestra autoestima. En adelante, nos tocará preguntarnos “¿Por qué hago esto? ¿Me gusta hacerlo?” Y esas preguntas, con sus respuestas, implicarán una fortaleza interior que nos hará mucho mejores los días.

¿Se animan a probar? Espero sus comentarios…

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