Problemas cotidianos. Soluciones simples.

Ser ama de casa implica un reto de naturaleza diversa…

El límite del caos financiero 1: comer a crédito

6 comentarios

El manejo del dinero en casa es, sin duda, un “problema cotidiano”, como los que suelo tratar en el blog.

Por eso, llevaba mucho tiempo queriendo escribir algo con respecto a este tema.

Sin embargo, por tratarse de un aspecto tan delicado de la vida familiar, encontrar el enfoque y el lenguaje apropiados para amas de casa, sin dejar de aportar a la solución de este tipo de tareas del hogar, era uno de los retos más importantes a la hora de escribir y, por lo tanto, no me decidí a publicar esta serie hasta que fue revisada por Elaine Miranda del blog “Plata con plática”.


A ella, quiero agradecerle infinitamente su colaboración y sus recomendaciones, que enriquecieron el contenido de estos artículos, y me ayudaron a conseguir el empuje definitivo para publicarlos.

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Comer a crédito

Comer a crédito

Mi esposo y yo llevábamos una vida muy relajada, desde el punto de vista financiero, cuando nos casamos. Nunca nos sentamos a hacer un presupuesto, o controlar los gastos y, sin embargo, vivíamos muy bien. En aquel tiempo, teniendo ambos un trabajo estable, nos hacíamos cargo cada uno de nuestras propias necesidades, y no sabíamos en qué se gastaba lo que el otro ganaba, salvo por las facturas comunes.

No teníamos ahorros ni inversiones. El último ahorro que hicimos juntos, debió ser el que acordamos para sufragar los gastos de la boda. Luego de eso, nada.

Años después, nació Alonso. Juntos, tomamos la decisión de que yo dejaría mi trabajo por un tiempo, y me dedicaría a cuidar de nuestro hijo, hasta que los dos estuviéramos listos para separarnos.

Así, Alonso y yo quedamos a cargo, financieramente hablando, de papá. Yo me ocupé de lo doméstico, y todos tratamos de hacer una vida lo más “normal” posible. Alonso demandaba múltiples gastos, yo seguía haciendo mis pagos “habituales”, salíamos de vacaciones, etc.

Por diferentes motivos, mi esposo adquirió una tarjeta de crédito. Se concibió como un pequeño espacio que nos permitiera hacer ciertos movimientos de dinero durante el mes, solamente.

Aquel plástico “inocente” comenzó a involucrarnos cada vez más. De un modo que casi no logro explicarme, pasamos de tener una tarjeta de crédito, a poseer OCHO, todas a nombre de mi marido, y algunas con saldos que representaban más del doble de nuestro ingreso mensual.

A veces, mirando hacia atrás, me pregunto “¿Cómo no  percibí antes que las cosas estaban mal? ¿Cómo no me di cuenta que, para llenar la alacena, hacía falta la “mágica” presencia de una tarjeta de crédito, casi siempre?”

Por esas cosas del destino, un día me enteré que mi esposo había solicitado, a una de estas empresas de tarjetas de crédito, la tramitación de lo que ellos denominan un “extrafinanciamiento”, que no es otra cosa que un préstamo a un interés altísimo, cuya cuota es  fija a lo largo del tiempo. No requiere, sin embargo, la cancelación de las tarjetas que el cliente ya posee, con lo que el problema sólo se agrava más y más.

Me asusté. Él no me había dicho nada al respecto. Fue malo descubrirlo por mí misma. Fue aún peor comprender el verdadero estado de nuestras finanzas así, de un golpe…

Luego de ahí, comenzó una larga lucha, llena de tropiezos y altibajos.

En primer lugar, porque mi esposo intentaba continuar haciéndose de la vista gorda ante el problema. En segundo, porque nos enfrentamos de pronto con labores que no habíamos hecho nunca, como la elaboración del presupuesto –ese gran desconocido− y el monitoreo del gasto.

Para no agotarles con la historia: lo que quizá gastamos en término de dieciocho meses con las endemoniadas tarjetas, más aquel dichoso “extrafinanciamiento” que no resolvió nada –salvo, claro, la comisión de quien le ofreció aquel “arreglo” a mi esposo−, se convirtió a la vuelta del tiempo en una deuda total de diez veces o más nuestro ingreso mensual.

De pronto, el récord crediticio perfecto de mi marido, apareció en la historia como su peor verdugo: su puntualidad en los pagos (aunque fueran mínimos) resultó la excusa perfecta para ofrecerle cada vez más crédito, a cambio de prácticamente ninguna garantía. Estábamos sacando de una tarjeta para pagar otra. Y él no dejaba de gastar…

Cuando una es ama de casa, y no tiene un ingreso propio, ve suceder cosas como las que he descrito, y se siente impotente. En parte porque no puede ayudar a resolver el problema con dinero, que es justamente lo que parece hacer falta. Y en parte porque, como sucedió en mi caso, una se considera “parte del gasto” y, por lo tanto, “parte del problema”.

¿Cómo salimos adelante?

Quizá, la respuesta más sensata que puedo ofrecer a las lectoras, es que no hemos salido. Cuando uno hace un desastre de esta magnitud con su dinero, compromete sus ingresos por un largo periodo, mientras logra alcanzar la solución.

Sin embargo, creo fielmente que lo peor ya pasó. No todo está resuelto en términos numéricos; sin embargo, hemos aprendido a punta de caídas, aquellas lecciones que fuimos perezosos en asimilar en la época en que el dinero “nos sobraba”.

Elaboramos un presupuesto, reunimos nuestras deudas en una sola, nos deshicimos de la “colección” de tarjetas de crédito y comenzamos a planificar nuestros gastos quincenalmente, procurando no excedernos en cuanto a lo proyectado.

El camino por el cual llegamos a estos aprendizajes ha sido, según mi entender, el peor de todos. El desorden financiero y las precarias herramientas con que contábamos para enfrentarlo, casi nos ha costado también nuestro matrimonio.

Sin embargo, hemos alcanzado la ruta hacia mejor. Y tenemos tanto “miedo” de volver a lo mismo, que vigilamos cada día las decisiones que tomamos en ese sentido.

Personalmente, he aprendido que una, como ama de casa, no puede vivir su vida al margen de los asuntos económicos, con la excusa de que no aporta un salario al fondo familiar.

Como muchas otras cosas en la convivencia de pareja, la economía es un tema de dos. Me arrepiento de muchos gastos innecesarios que hice, pero me arrepiento más del motivo por el que los hice: fui negligente en informarme de las finanzas de mi propia familia y, por lo tanto, no pude actuar en consecuencia.

La serie de artículos que vendrán después de este, estarán enfocados en ofrecer una modesta orientación a las amas de casa que se encuentren en una situación parecida a la mía, para que tomen conciencia de su propia realidad y hagan los ajustes necesarios.

Pero, principalmente, para que no tengan que atravesar por los momentos tan difíciles por los que hemos pasado mi familia y yo, y puedan atender su situación, antes que les llegue el día de “comer a crédito”.

¿Y ustedes? ¿Han pasado o están pasando por problemas financieros en su familia? ¿Qué aconsejarían a quienes están en esa situación?

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6 pensamientos en “El límite del caos financiero 1: comer a crédito

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  4. Me considero una experta en problemas económicos pues los he vivido personalmente durante unos cuantos años . Si tienes motivaciones como las que yo tenía para luchar y trabajar(cuatro hijas) todo es posible . El problema está en que nos creamos unas necesidades ficticias . Realmente las necesidades son pocas pero nos dejamos llevar por lo que esta sociedad consumista nos quiere hacer creer que necesitamos un montón de cosas para ser felices y como dijo alguien sabio NO ES MAS FELIZ QUIEN MAS TIENE SINO QUIEN MENOS NECESITA

  5. Excelente articulo, personalmente no he pasado por esa situación, creo que lo que me ha salvado hasta ahora es ahorrar lo suficiente para evitar comprar a crédito cosas que cuestan menos de 2 meses de mi sueldo, y no gastar mas de lo que gano.
    Desafortunadamente en la escuela nos enseñan a ganar el dinero pero no no enseñan a gastarlo adecuadamente.
    Afortunadamente personas como tú nos comparten sus conocimientos financieros basados en su experiencia, gracias!

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