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Ser ama de casa implica un reto de naturaleza diversa…

De Uber, taxistas, piratas y mujeres

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Taxi

Recientemente, nuestro país se ha visto envuelto en una oleada de protestas a causa de la llegada del servicio de Uber a suelo nacional.

Hoy quiero someter a consideración de las lectoras y lectores mi punto de vista sobre esta discusión, no como experta, ni como Uber, ni como taxista, sino como una simple usuaria que todos los días debe salir a la calle y enfrentarse con ciertas situaciones que ya son normales para nosotras como mujeres y madres.

Hace mucho tiempo…

Personalmente, procuro en mi vida ser una “buena ciudadana”. Ya saben: pagar mis impuestos, reciclar, poner la basura en el basurero, no robar, no matar y esas cosas.

Por eso, en un principio me resistí fervorosamente a usar cualquier servicio de transporte público que no fuera oficial. Primero, cuando comenzaron a aparecer aquellos primeros transportistas informales a los que popularmente se les ha venido denominando “piratas” o porteadores.

Como en todo, habrá excepciones. Pero los porteadores siempre me pareció que prestaban un servicio de peor calidad.

Vehículos sucios y en mal estado, sin cinturones de seguridad, con puertas que no cierran bien, un chofer descuidado en su presentación personal que piensa que puede tratarla a una de “mi amor” y le cobra lo que le da la gana; siempre que no fuera también y desgraciadamente un asaltante disfrazado de porteador, que con intimidación o incluso un arma le despojaba de sus pertenencias, valiéndose de la privacidad del vehículo. Si a eso le sumamos que como clientes no teníamos cobertura en caso de accidente, lo del porteo no era un buen negocio para nosotras como pasajeras.

Aun así, lo del porteo causó un alboroto en su momento. Porque a los taxistas no les parecía que otras personas pudieran brindar el mismo servicio bajo esas condiciones y a un costo mucho menor; entonces se reguló el asunto y se pusieron unas cuotas máximas de permisos para servicio de porteo según la zona del país, sin que por ello un gran sector de los “informales” dejaran de prestar el servicio al margen de toda regulación en muchos lugares, lo cual era parte del saber popular: todo el mundo sabía que Fulano y Sutano eran porteadores en el supermercado tal.

Los taxista oficiales

Pese a que el servicio de porteo no parecía tener crecimiento alguno bajo esas condiciones, la flota de taxis por su lado se fue convirtiendo cada vez más en una pésima inversión. Porque ahora las “marías” alteradas ya no eran la excepción, sino casi la regla; además de las debilidades en el servicio a la clientela, entre los que se pueden mencionar cobros abusivos, esa horrorosa costumbre de preguntarle a una para dónde va antes de subirla, vehículos con condiciones de seguridad insuficientes, más el chofer que nunca falta y que va de madrazo en madrazo contra los demás choferes, hasta que el madrazo le toca a una porque no trae cambio, porque le reclama el vuelto completo, porque le pide que apague el cigarro o lo que sea.

De nuevo insisto en que conozco perfectamente que no todos los taxistas son así. Pero resulta que una gran mayoría sí. Hay decentes, que cobran bien y hasta ayudan a bajar las bolsas de la compra, que dicen por favor y gracias. Y una tiene ese impulso loco de pedirles el teléfono y todo. Pero ¿por qué las personas usuarias debíamos resignarnos a “topar con suerte”? ¿Dónde quedan entonces nuestros derechos si recibir un servicio de buena calidad es cuestión de suerte, y no una obligación de aquella persona que está explotando una necesidad y un servicio público?

El taxista a esto respondería que él “anda trabajando” y que una debe “dejarse de cosas”, que no es obligación suya bajar ninguna bolsa de compra, que la calle está muy dura como para tomarse tantas molestias. Y que si no da el cambio es porque no trae, que es un vehículo y no un banco.

Pero finalmente ¿cuánto cuesta un “buenos días” o un “con mucho gusto”? O bien ¿por qué si no anda cambio el chofer, los números siempre redondean a favor suyo y jamás en contra? ¿Es que acaso quienes abordamos un taxi no andamos muchas veces también trabajando? ¿No está “dura la calle” para todo el mundo?

En ese punto, luego de que un taxista me hiciera bajada del vehículo con mi hijo en una zona desolada porque traía la “maría” alterada y yo se lo hice ver, después de escuchar sus ofensas y amenazas y de poner una queja en el Consejo de Transporte Público que nunca recibió respuesta, conocí yo Easy Taxi, que es una aplicación de taxis rojos pero mantiene cierto control de calidad, ya que se puede calificar cada servicio.

Ahí en un principio las cosas iban muy bien, pero en algunos periodos, cuando no se podía calificar, nuevamente algunos taxistas –los menos- hacían de las suyas, ponían la “maría” antes de llegar al punto en que iban a recogerme, cobraban más de la cuenta o me hacían esperar tiempos mucho más allá de lo razonable, cuando más bien al principio los tiempos de espera eran super exactos con respecto a lo que indicaba el GPS de la aplicación. Además, con el tiempo me di cuenta que algunos choferes “compartían” el teléfono donde estaba instalada la aplicación, entonces el conductor de la mañana era tal vez muy decente, pero el que tomaba el taxi en el turno de la noche podía ser cualquier espécimen no identificado al que daba hasta miedo reclamarle cualquier cosa, en especial si viajaba sola y de madrugada.

Entonces llegó Uber…

Juro que me resistí cuanto pude. Mi “buena ciudadana” interior sabe que este servicio no le está dejando al país los beneficios económicos que debiera, que muchas personas viven de su taxi y que el servicio público oficial tiene un costo muy superior sencillamente por culpa de los gastos de operación.

Sin embargo sigo siendo una usuaria. Y cuando pido un servicio de transporte, no estoy pagando solamente para ir de un punto geográfico a otro. A veces también estoy protegiendo mi integridad física, porque desgraciadamente hay zonas donde una no puede ya andar sola a ciertas horas, sin mencionar que algunos taxis rojos son un verdadero atentado contra la seguridad en caso de un accidente. Soy mamá y a veces no me da tiempo de ir al cajero automático antes de salir, entonces no traigo cambio o no traigo efectivo del todo.

Entonces, como usuaria, mujer y mamá, encuentro un servicio donde amablemente me recogen donde quiera que yo esté, me llevan por la ruta que yo pida, me comienzan a cobrar cuando estoy en el asiento y no antes, me cobran lo que me tienen que cobrar sin regatear por el vuelto ni ofenderme, me saludan al entrar, me responden amablemente el saludo, no me acosan ni me tratan como una ignorante cuando pido irnos por un determinado lugar y no por otro, no se quejan por las distancias cortas, me preguntan hasta qué música quiero escuchar y se despiden también amablemente cuando llegamos al destino que yo escogí, sin acosarme, sin ofender a otros conductores por el camino.

Y si de casualidad se presenta algún problema, yo inmediatamente lo reporto, la empresa se comunica conmigo en corto tiempo y trata de explicarme lo mejor posible la situación, e incluso me devuelve dinero si hay un cobro excesivo o inadecuado que se haya comprobado. No me ignoran. Mi viaje, que es uno en cien o en miles, es importante y alguien me responde, aunque sólo sea para decirme que no hay nada irregular.

Me parece claro que, más allá de la discusión legal que se ha desatado en torno al tema, la llegada de Uber ha puesto de manifiesto que la flota de taxis de este país está obsoleta, no por la antigüedad de los vehículos, sino por las graves carencias que tiene ese servicio en términos generales, pero especialmente a nivel de calidad humana, y por el nulo control que de esa calidad tienen las autoridades gubernamentales; ya que las personas usuarias no sólo no tenemos voz, sino que quien debe escuchar esa voz está de brazos cruzados mientras cada vez las calles están más saturadas de choferes que han olvidado que el taxi no es un reino donde pueden hacer lo que les plazca, sino un servicio que debe engrandecer a la sociedad, empezando por el trato cálido y decente hacia la persona que viaja en el asiento de atrás.

Una anécdota

Hace pocos días, y como ejercicio previo a la publicación de este artículo, hice mi última prueba: caminé por los alrededores del Parque Central buscando un taxi rojo. Los vehículos están todos ahí, esperando clientes, uno detrás del otro. Son cerca de las seis de la tarde.

Me acerco al primero de la fila, le pregunto “¿Tiene cambio?” La respuesta “¿Para dónde va?” Le digo un punto, a poco más de un kilómetro de ahí. “No. No tengo cambio” Yo todavía insisto, para darle la oportunidad, para que mi experimento sea objetivo “¿Le puedo pagar con tarjeta entonces?” Él responde: “No, por ese monto no.” Doy vuelta al Parque, y hablo con el primero de la fila del otro lado. La respuesta es casi idéntica, sólo que éste es más creativo: “Es que al datáfono no le sirve el número 1”

Si realmente está escaso el trabajo por culpa de Uber, ¿por qué rechaza el viaje el taxista? ¿Por qué tratarme como si le estuviera pidiendo un favor y no un servicio, por el cual además voy a pagar?

Acto seguido, ahí mismo en el Parque saqué mi celular y abrí la aplicación de la competencia, que no me pone peros

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